Una
vez oí una leyenda de labios de un viejo. Tenía
la boina calada, la sonrisa franca. De cuando en cuando tosía
pues según él, era el legado que el grisú
y el polvo de los silicatos le había dejado en los pulmones.
Este hombre, había trabajado mucho, para sacar adelante
a sus cinco hijos, recogiendo piñas, lavando el carbón
y posteriormente descendiendo a las mismas entrañas de
la tierra para ejercer su trabajo de buen barrenero.
Al buen hombre de mi historia,
se le empañaban los ojos cuando me hablaba de las revueltas
mineras. Había vivido activamente la revolución
del 34, y era uno de esos tantos hombres que hicieron la historia
de Asturias, sin doblegarse ante el miedo. Y sin embargo se le
nublaban los ojillos y le temblaba la voz, y había un cierto
pánico, tal vez respeto en él, cuando saqué
a colación el tema del Desfiladero.
- Nací en un pueblo
llamado Proaza. Me dijo. Muy cercano al mismo Desfiladero de las
Xanas.