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Capital del reino de Asturias en el
siglo IX, santurario venerado por todo el occidente
europeo a lo largo de los siglos, hoy día la
capital del Principado de Asturias es el testimonio
vivo y material de una de las más profundas raíces
de España "
(Así se presenta Oviedo ante la UNESCO para solicitar
la declaración de Patrimonio Mundial sobre su
casco histórico y los monumentos prerrománicos
situados fuera de él. Junio de 1997.
Ya desde tiempos prehistóricos
las tierras de Oviedo fueron colonizadas. Así
de la etapa paleolítica se sabe que los humanos
se asentaban en torno a las márgenes fluviales
y que se refugiaban en cuevas y cobertizos donde dejaron
restos históricos de mención, tanto a
nivel de útiles y utensilios como a nivel de
arte parietal. Yacimientos importantes de estos hallazgos
prehistóricos son los de La Lluera, Las Caldas
o La Viña. Del neolítico también
se tiene constancia de diversos hallazgos, como los
campos tumulares encontrados en las faldas de la sierra
de Fayeu en Olloniego.
De los asentamientos castrenses, diversos
historiadores han llegado a localizar en el concejo
hasta 16 castros, ubicados en su mayoría en las
estribaciones del Naranco y en los valles del Nalón,
del Trubia y del Nora. De su etapa cronológica
poco se puede afirmar ya que no se han realizado excavaciones
que nos lo aclaren, aunque se cree que pertenecían
a la época de la dominación Romana o la
anterior a ella. De la colonización romana se
sabe que estos habitaron en las proximidades de la ciudad
de Oviedo como así lo demuestran varios topónimos,
trozos cerámicos y diversas estelas romanas encontradas
en el monte Naranco

La capital del Principado de Asturias
remonta su origen al año 761, cuando el monje
benedictino llamado Fromistano, acompañado de
su sobrino Máximo y unos pocos siervos de la
misma orden, fundó en estas tierras un monasterio
dedicado a San Vicente.
El
rey Fruela encontró el emplazamiento adecuado
para construir su palacio y fundar las iglesias dedicadas
al Salvador y a los Santos Mártires, desaparecidas
tras un ataque musulmán. Alfonso II el Casto
trasladó la Corte a Oviedo y dejó sus
huella en joyas como la capilla funeraria dedicada a
Santa Leocadia, la iglesia de Santirso y la iglesia
de San Julián de los Prados, uno de los mejores
exponentes del Prerrománico asturiano. Le sucedieron
otros monarcas, como Ramiro I, que auspició la
creación de Santa María del Naranco y
San Miguel de Lillo, y Alfonso III el Magno, de quien
queda La Foncalada, recientemente restaurada.
Tras un periodo de decadencia en los
siglos posteriores, en el siglo XV se constituye la
Junta General del Principado. Entre los siglos XVII
y XVIII Oviedo asiste a un florecimiento económico
y cultural, patente en la arquitectura de la época.
Ya en el siglo XX, los duros avatares
de la Revolución del 34 y de la Guerra Civil,
Oviedo ha ido consolidando su función de capital
administrativa y cultural del Principado, presentándose
hoy como una ciudad abierta, de claro carácter
comercial y universitario.
La Plaza de la Catedral, exactamente
denominada de Alfonso II el Casto, constituye el eje
de la zona más antigua de la ciudad, y hasta
1930 estuvo cubierta de casas, que se derruyeron para
destacar la belleza de la edificación gótica.
Desde el claustro es posible salir
hasta la Corrada del Obispo, a través de la Puerta
de la Limosna, desde cuyo balcón la Junta General
anunció al pueblo asturiano su decisión
de declarar la guerra a Napoleón.
Una pequeña vuelta a la izquierda
lleva al caminante hacia el Tránsito de Santa
Bárbara, pasando antes por la Torre Románica,
remodelada durante los siglos XI y XII. No muy lejos,
el conjunto formado por el antiguo monasterio de San
Vicente y la iglesia de Santa María de la Corte
se alza el primitivo lugar elegido por Fromistano para
fundar el convento.
El monasterio de San Pelayo se remonta
al siglo X, bajo la advocación de San Juan, cambiada
cuando las reliquias del obispo fueron traidas desde
Córdoba. La fachada, terminada en 1704, en estilo
palaciego, se debe al arquitecto benedictino fray Pedro
Martinez de Cardeña, y la iglesia , de finales
del XVI, a Diego de Villa.

En un paseo por la parte antigua no
pueden faltar las calles de San José, plaza del
Paraguas, Salsipuedes, Mon y plaza de Trascorrales,
hasta llegar a la calle del Sol, donde se encuentra
el palacio de Revillagigedo. También merece la
pena llegar hasta la Plaza Mayor, sede el Ayuntamiento,
de estilo herreriano, cuyas obras se iniciaron en 1622,
con planos de Juan de Naveda.
Para sumergirse totalmente en el Oviedo
más tradicional no puede faltar un recorrido
por la plaza del Fontán, donde se celebra el
mercado desde tiempos inmemoriales y que ocupa el lugar
de una laguna que fué desecada en el siglo XVIII.
Desde aquí se puede seguir
hasta la calle del Rosal o volver por las calles Rosal,
Jesús, Peso, hasta la plaza de Riego, donde empieza
el edificio histórico de la Universidad, que
termina con el antiguo colegio de Huérfanas Recoletas,
en la calle San Francisco.
Los palacios de Camposagrado, hoy
Audiencia, Conde de Toreno, Valdecarzana y Heredia o
la capilla de la Balesquida, en la que se venera a la
Virgen de la Esperanza, son otros de los enclaves más
representativos de la ciudad.
La plaza de la Escandalera es el centro
neurálgico de la ciudad moderna. Desde ella se
divisan la célebre calle Uría, arteria
principal de Oviedo, y el Campo San Francisco, principal
zona verde de la ciudad.
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