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Asturias no tuvo más nombre que este, pues
antes de ser llamada así, no fue llamada de ningún
modo Por él, sus ribereños fueron llamados
astures y su capital Astúrica Augusta.Un territorio
que, fue llamado a veces LA TIERRA DE LAS ASTURIAS

En estas fechas, el sindicalismo socialista ejercía
de interlocutor social fundamental y se erigía
como mediador privilegiado en unos conflictos tutelados
por un gobierno en el que estaban involucrados. Esto
nos explica el crecimiento numérico del SOMA(
Sindicato de Obreros Mineros de Asturias).
Este Sindicato Minero ocupaba el eje central de la
actividad reivindicativa, agudizándose a partir
de 1933 la radicalización de sus bases, azuzada
anarquistas y comunistas, y apoyada por el diario socialista
"Avance" desde que Javier Bueno asumiese su
dirección.
Creció
espectacularmente el número y duración
de las huelgas, que en 1933 suponían en pérdidas
casi cinco millones y medio de pesetas. Las tensiones
sociales puestas en evidencia en 1933, cuando Asturias
se convirtió en la región más conflictiva
del Estado, tanto a tenor del número de huelgas,
como en la cantidad de obreros movilizados, se vieron
confirmadas al año siguiente en el que la sma
de huelgas declaradas superaba nuevamente a la de cualquier
otra zona del Estado. Para entonces la agudización
de los efectos de la crisis económica, con su
secuela de cierres de explotaciones, reducciones de
plantillas o crecimiento del paro, confirmaba el descrédito
de la moderación sindical practicada por el SOMA,
táctica que se había mostrado incapaz
de preservar las conquistas del movimiento obrero. En
este contexto se deben entender las tendencias a una
afiliación sindical masiva detectadas entre la
población trabajadora asturiana. En vísperas
del estallido insurreccional de 1934 el porcentaje de
afiliación sindical superaba el 70% del cual
en 60% correspondía a la UGT, más de un
30% a la CNT y un porcentaje mínimo a la CGTU
y a la sindicación católica.
La victoria de la coalición establecida entre
Acción Popular y el Partido Liberal-Demócrata
en las elecciones a Cortes de 1933, fomentó una
mayor crispación de los sectores socialistas.
Aquellos comicios habían significado para las
derechas la captación de 13 de los 17 escaños
en liza, pese a haber obtenido tan sólo el 45%
de los votos, gracias a un sistema electoral que privilegiaba
a las mayorías. La campaña electoral precedente
a las votaciones, junto con la exhibición por
parte de la derecha asturiana de un aparato propagandístico
impresionante, sirvió también para hacer
explícitas alusiones a la posible llegada a España
del fascismo, circunstancias estas últimas, que
no dejaron de alarmar a la militancia socialista.
A los recelos acumulados ante las simpatías
fascistizantes de los dirigentes regionales de la CEDA
o del propio Gil Robles, y al desengaño de la
participación socialista en el gobierno republicano
del primer bienio, se sumaba la propia radicalización
del proletariado regional, que alcanzó el punto
necesario para superar las rivalidades sindicales que
habían venido dominando en el movimiento obrero
asturiano, hasta desembocar en tácticas netamente
unitarias. La evolución en este sentido de las
organizaciones socialistas se vio favorecida por los
procesos registrados en similar dirección dentro
de un anarquismo ideológicamente próximo
al treintismo. De este modo, cuando en marzo de 1934
se establece el Pacto de la Alianza Obrera, los efectivos
anarcosindicalistas asturianos, desoyendo los acuerdos
nacionales de la CNT, constituirán parte integrante
del mismo. De esta manera el pacto quedaría definitivamente
configurado en Asturias con la participación
de las fuerzas socialistas, los sectores anarcosindicalistas,
los reducidos efectivos del Bloque Obrero y Campesino
y de la Izquierda Comunista y, por último, y
en el mes de septiembre, con el inesperado ingreso en
la Alianza Obrera de un Partido Comunista que, hasta
entonces, se había venido distinguiendo por entregarse
a una sistemática campaña de descrédito
de los socialistas.
La entrada de Gil Robles en el gobierno presidido por
Lerroux iba a constituir la señal para el inicio
de una sublevación que alcanzó en Asturias
su máximo desarrollo bajo la forma de un movimiento
insurreccional que se extendió entre el 5 y el
18 de Octubre. Los sucesos revolucionarios de Octubre
del 34 alcanzaron una enorme resonancia, convirtiéndose
en el exponente del alto nivel de combatividad y consciencia
de la clase obrera regional. En efecto, la insurrección
estallaba en un momento en el que comenzaban a apreciarse
los primeros síntomas de una todavía tímida
recuperación económica; los prolongados
y profundos niveles de crisis económica daban
un malestar creciente, pero no podían erigirse
en desencadenante inmediato de la explosión revolucionaria.
El Octubre asturiano se presentaba como un movimiento
político, concebido como un cambio revolucionario
del modelo de sociedad vigente al margen de las diferentes
concepciones de la nueva sociedad sin clases que postulaban
socialistas, anarquistas o comunistas. El estallido
fue meticulosamente organizado. Los comités locales
de la Alianza Obrera se habían ido constituyendo
con criterios tales que la representación proporcional
no entraba en contradicción con la presencia
unitaria de las distintas tendencias del movimiento
obrero.
Los comités se habían ido armando en
los meses anteriores por procedimientos diversos y no
pocas veces truculentos o accidentados. Las Juventudes
Socialistas figuraban en la vanguardia de los preparativos,
y habían recurrido al entrenamiento militar en
zonas montañosas de la región. Los momentos
iniciales de la insurrección estuvieron marcados
por la capacidad de iniciativa de los revolucionarios.
Una vez neutralizados los cuarteles de la Guardia Civil,
se dominó de un modo efectivo el tercio central
de la región, donde se acumulaba el grueso de
la población y en donde se concentraban las principales
industrias y servicios del territorio. Pero después
de asegurarse el control de la situación en el
resto del Estado, el gobierno iba a volcar en el Norte
efectivos militares como las tropas de Regulares y las
de la Legión Extranjera, hecho que posibilitaría
en el plazo de una semana la rendición al general
López Ochoa de los rebeldes que, tras retirarse
de Oviedo, todavía permanecían en las
cuencas mineras. Había imperado entre los insurrectos
un orden y una disciplina notables. Durante dos semanas
la capacidad de gestión de que dio muestras el
proletariado se puso de manifiesto en la creación
de distintos comités responsabilizados de sectores
como la "Información Revolucionaria",
"La Gestión Industrial", "Los
Transportes" o el "Orden Público"
y la "Sanidad". Fueron esos comités
quienes adoptaron medidas que iban desde la abolición
de la propiedad privada y la supresión de la
moneda- sustituida por un sistema de vales- hasta la
rápida reconversión de algunas industrias
regionales, que pasaron a fabricar camiones blindados
e incluso hasta doce modelos distintos de bombas.
La derrota del movimiento significaba el inicio de
una prolongada e intensa represión sobre los
sectores más combativos de la clase trabajadora.
Una vez acallada la prensa de la izquierda mediante
una rigurosa censura sobre los acontecimientos de Octubre,
se desató una airada campaña destinada
a ofrecer una particular e interesada versión
de las "atrocidades rojas" y a exigir un castigo
ejemplar de los insurrectos.
De las 1100 bajas ocasionadas por los sucesos asturianos
sólo 43 se habían producido al margen
de los combates, incluyéndose a esta cifra 33
religiosos, muertos en su mayoría a manos de
incontrolados. No obstante, las exigencias de mano dura
se iban a cumplir de modo bien notorio; las torturas,
los saqueos, el nº de "desaparecidos"
o de "suicidios" en las cárceles se
incrementaron desde entonces; a fines de año
se calculaban en 18000 el nº de detenidos alcanzando
la represión niveles siniestros. La revolución
había dejado un evidente rastro de destrucciones
en el caserío de la capital ovetense, localidad
que los insurrectos no lograron controlar en su totalidad,
y en donde se localizaron los escenarios de unos enfrentamientos
de singular dureza. Muchos edificios quedaron arrasados(
la Universidad con su magnífica biblioteca, el
teatro Campoamor, la Cámara Santa de la catedral,...).
También fueron importantes las pérdidas
ocasionadas por incautaciones y saqueos. Tras esos episodios
la regularización de los abastecimientos a la
capital sólo fue posible arbitrando créditos,
indemnizaciones y moratorias en el pago de los débitos
por suministros. Antes de finalizar el año el
Consejo de Ministros se veía obligado a crear
una Junta de Socorro para regularizar los necesarios
auxilios asistenciales y económicos, y tiempo
después se concederían una serie de créditos
especiales, de hasta 70 millones de pesetas, con similar
destino.
El episodio insurreccional había desgarrado
profundamente la sociedad asturiana.
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