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Tras
el descalabro sufrido en la batalla de Guadalete por el
ejército de D. Rodrigo (711), la afirmación del dominio
musulmán sobre la península se logró rápidamente.
En muchos casos mediante pactos con los hispano-godos, a
quienes garantizaron la permanencia en sus dominios bajo
ciertas condiciones. Un cierto número de individuos de
la nobleza goda perteneciente al partido rodriguista
parece que se acogió a las tierras del Norte o pasó a
Francia.
La Crónica Alfonsina, en su redacción erudita, alude
expresamente a la huida hacia Asturias de estos. Entre
lo que se acogieron al pais astur, figuraba Pelayo , a
quien se hace partidario de Vitiza y Rodrigo en el
relato regio.
Munuza, Adosinda... Pelayo... ¿hubo una historia de
amor?
Una peculiar interpretación de la realidad histórica...
Al árabe Munuza se le confió el gobierno de la ciudad de
Gijón, ciudad en la que -no sabemos si como premio,
castigo o por obra del azar o del olvido-, existe aun
hoy de una calle con su nombre.
Gijón quizá era la capital de la provincia árabe
extensiva a las tierras transmontanas, en las que
Pelayo, como otros fugitivos de la nobleza gótica
viviría ya sometido a la autoridad del prefecto
musulmán, gozando de una relativa tranquilidad obtenida
al precio de la sumisión.
Pero ya se sabe, el amor es ciego ... Munuza se enamora
de la hermana de Pelayo...y ese amor... parece que
cambió el rumbo de la historia de España. Sin que las
crónicas expliquen las razones, parece ser que D. Pelayo
no veía el con buenos ojos el noviazgo de Adosinda y
Munuza , y parece que este decidió resolver el problema
quitanlo del medio a Pelayo. Lo desterró de Asturias y
lo envió a Córdoba.
Pero o bien a Pelayo no le sentaba bien el clima del
Sur, o quizá fue el ansia de venganza.
El caso es que en la primavera del año 717, huyó de
Córdoba y regresó a Asturias. Al enterarse Munuza,
ordena su persecución, y Pelayo se ve obligado a
refugiarse en la montaña de los Picos de Europa.
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