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Durante la noche del 26 al 27 de abril del año 711 de la
era cristiana, una escuadra de pequeños buques con un
ejército a bordo y salida del norte del continente
africano desembarcó bajo el mando de Tariq ibn Ziyad,
gobernador de Tánger y subordinado de un tal Muza, en
las costas que hoy podemos conocer como
Gibraltar. No
era la primera vez que esto sucedía por aquellas tierras
ya que un año antes había acontecido un intento similar
por parte de Tarif abu Zara quien había hecho lo propio
con quinientos de los suyos en las playas que recuerdan
su existencia: Tarifa. Nadie imaginó en aquella España
de entonces, bajo la égida visigoda, que esas aceifas
serían las primeras avanzadas de una brutal y magnífica
invasión por parte de un joven y imponente imperio de
gran empuje guerrero, movido por una nueva y sugerente
creencia religiosa y que había aparecido de las arenas
de Arabia: el musulmán. Pero menos aún se consideró que
aquella ocupación, lejos de ser pasajera o temporal,
representó la presencia de miles de monoteístas
islámicos, adoradores de un solo Dios, en las tierras de
aquellos politeístas cristianos, adoradores de la
trilogía de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a lo
largo de ocho largos siglos de continuo batallar y que
marcarían a fuego el perfil de los hombres que
conformaron los pueblos de España.
Lo que más sorprendería, especialmente para quienes aman
la historia como fuente inagotable de ejemplos para las
generaciones venideras y que desconocen este hecho
singular del pasado peninsular, es que dicha invasión
fue producto de una traición llevada a cabo por hombres
que, faltando a su honor, a su patriotismo o carentes de
una postura generosa para con sus pueblos, permitieron
que con el pretexto de una colaboración en un
enfrentamiento dinástico interno se ocupara con
asombrosa rapidez toda la geografía de la península
ibérica.
Códice del Libro de los Testamentes, que identifica a la
reina Jimena, al obispo de Oviedo y al rey Alfonso III,
el Magno, artífice de los primeras crónicas de la
historia asturiana, hacia finales del siglo IX.
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