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«Cuando marchaban los musulmanes por el alto del que
está sobre la ribera del rio que se llama Deva, junto a
la villa que llaman Cosgaya, ocurrió por Sentencia de
Dios que ese monte, revolvíendose desde sus fundamentos,
lanzó al rio a los 63.000 hombres, y allí los sepultó a
todos el tal monte, donde todavía ahora ese rio, cuando
retorna a su cauce, muestra muchas señales evidentes de
ellos.
No juzguéis esto vano o fabuloso; antes bien, recordad
que el que abrió las olas del mar Rojo al paso de los
hijos de Israel, ese mismo sepultó bajo al inmensa mole
del monte a estos árabes que perseguían la Iglesia del
Señor»
La Crónica de Alfonso III dista
bastante de la exaltación religiosa de la Rotense. Según
aquella, la llegada de D. Pelayo a las montañas de
Covadonga coincidió con la celebración de un concilium o
asamblea popular de los habitantes de la comarca.
Según dice la Crónica, Pelayo alentó a los aldeanos a la
insumisión abierta contra los dominadores musulmanes,
encontrando eco entre aquellos bravos montañeses el
grito de rebeldía que eligen a Pelayo como jefe.
La refundición erudita de la Crónica de Alfonso III
modifica los pasajes relativos a los primeros momentos
de la sublevación astur, niega la participación de los
astures y coloca los laureles del éxito a la nobleza
visigótica que -huyendo de Toledo- se había refugiado en
Asturias.
La rebelión (año 718) no debió de ser tomada muy en
serio por los musulmanes y por supuesto que en un
principio no causó ninguna preocupación en la corte
árabe de Córdoba. En la primavera del año 722 (4 años
después de la rebelión), los árabes pusieron en marcha
una expedición de castigo comandada por Alqama.

Los primeros encuentros entre tropas de ambos bandos
debieron resolverse favorablemente a los árabes,
circunstancia esta que obliga a Pelayo y a los suyos a
replegarse hacia los Picos de Europa.
Los astures, buenos conocedores del terreno, atraen a
sus perseguidores hacia la parte más angosta del valle
de Cangas de Onís, que se cerraba completamente por el
monte Auseva, último y estratégico reducto de los
fugitivos. Los astures, dominando el terreno desde el
Auseva, infligieron una severa derrota a las tropas de
Alqama, desfavorablemente situadas en el valle y con la
retirada hacia Cangas cortada.
La vanguardia islámica, parece que buscó la única salida
posible, el camino que en rápida pendiente conduce desde
la falda del Auseva hasta las vegas de Bufarrera y Enol
(probablemente Alqama y los suyos fueron los
predecesores de la ya mítica etapa ciclista de «Los
Lagos de Covadonga», pues parece que el itinerario
actual de esa etapa coincide con el seguido por los
árabes en su huida de Covadonga).
D. Claudio Sánchez Albornoz, discrepa
«Era lógico que movimiento insurreccional tuviera
carácter popular y empezase en la masa de la población
astur, que conocía el pais palmo a palmo, que estaba
acostumbrado a la aspereza de estas montañas, a la
dificultad de los pasos, a los vericuetos de sus brañas
y que tenía una tradición de rebeldía eterna.
¿Cuándo una reducida de emigrados recién llegados a una
comarca, desconocedora del terreno, sin arraigo alguno
en la región, ha logrado hacer triunfar un
levantamiento?.
Pudo salir de entre ellos la fuerza directora, el
caudillo y aun quizás algunos capitanes, pero es
inverosímil que hicieran ellos la revuelta».
D. Claudio justifica así la rebelión:
«Las primera señales de la sublevación fueron para los
musulmanes la negativa al pago de los tributos
acostumbrados y los ataques a mano armada de los
cristianos insurgentes ... siempre ha sido ese el primer
paso de toda rebeldía...»
La versión árabe de la batalla...Un color bien distinto
del cristiano...
Cuentan algunos historiadores
musulmanes que, el primero que reunió a los fugitivos
cristianos de España, después de haberse apoderado de
ella los árabes, fue un infiel llamado Pelayo, natural
de Asturias en Galicia, al tuvieron los árabes como
rehén para seguridad de la gente de aquel país, y huyó a
Córdoba en tiempo de Al-Hurr ben Abd Al-Rahman Al-Thaqafi,
segundo de los emires árabes en España, en el año sexto
después de la conquista, que fue el 98 de la hégira
(716-717).
Sublevó a los cristianos contra el lugarteniente de Al-Hurr,
le auyentaron y se hicieron dueños del pais, en el que
permanecieron reinando, ascendiendo a veintidós el
número de los reyes suyos que hubo hasta la muerte de
Abd Al-Rahman III.
Dice Isa ben Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben
Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierras de Galicia un
asno salvaje llamado Pelayo.
Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Ándalus a
defender contra los musulmanes las tierras que aún
quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr.
Los islamitas, luchando contra los politeistas y
forzándoles a emigrar, se ha habían apoderado de su país
hasta llegar a Aruyula, de la tierra de los francos, y
habían conquistado Pamplona en Galicia y no había
quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado
Pelayo con trescientos hombres.
Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus
soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía
sino treinta hombres y diez mujeres.
Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la
dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La
situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al
cabo los despreciaron diciendo:
«Treinta asnos salvajes ¿qué daño pueden hacernos?».
En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Fáfila. El
reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo
dos.
Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de
los Banu Afonso, que consiguieron prolongar su reino
hasta hoy y se apoderaron de lo que los musulmanes les
habían quitado.
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