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<%contenido%> covaciellaLa historia de La Covaciella se remonta a 1994 cuando una voladura, realizada durante las obras de la carretera, abrió un agujero que resultó conducir directamente a las pinturas. «Es un milagro que estemos hoy aquí». Saura se refiere con la expresión al hecho de que faltó muy poco para que ese hueco fuera rellenado de escombros antes de poder descubrir la existencia de las pinturas. La salvación tuvo mucho que ver con la festividad del Pilar. Gracias a que ese día era fiesta y no se continuó con el relleno de piedras que había comenzado en la jornada anterior, hoy se conocen los bisontes mejor conservados de la cornisa cantábrica.
Ese día que las obras descansaban por ser festivo, vecinos de Cabrales descubrieron las pinturas. Primero vino la incredulidad, las dudas sobre la autenticidad, hasta que los expertos hablaron. Los bisontes de La Covaciella resultaron no sólo auténticos, sino extraordinariamente conservados, tanto que la frescura de su pintura estuvo a punto de ser su peor enemigo. La humedad y el ambiente virgen de la cueva, sellada durante miles de años, ha conservado tan vivas las pinturas que lo primero que el profano piensa es que están recién pintadas. Eso debieron creer algunos de los cabraliegos que entraron aquel 12 de octubre y que quisieron asegurarse con el propio dedo de que la pintura estaba aún húmeda.

La huella ha quedado para siempre marcada sobre el carbón que perfila alguno de los bisontes y en varios tramos del mural. «Es un milagro que esté como está porque entró el pueblo entero y lo tocaron todo», añade Saura, feliz de que el trasiego no haya pasado de simples muescas.
Los avatares para la cueva se acabaron días después cuando se determinó un cierre que parece definitivo, una clausura motivada por las escasas condiciones que reúne para la visita. Dentro de poco los amantes de la Prehistoria y de las pinturas rupestres podrán admirar los bisontes en las réplicas que se mostrarán en Cabrales y en el Museo de la Prehistoria de Teverga. Será la única forma de contemplar la obra de un gran artista, un chamán, como también le gusta llamar a Pedro Saura a su autor, que trabajó casi al mismo tiempo que el pintor de Altamira y lo hizo con gran precisión y dominio de la técnica.
Observando los detalles se aprecia su genio, su capacidad para «calcar» las pezuñas y ese perfil casi picassiano que presentan los bisontes más acabados. «No ye un bisonte, eso ye un paisano», bromea Saura, utilizando el acento asturiano para describir el perfil antropomorfo que presentan algunas figuras. Una de ellas es un macho, el más trabajado de la escena, el que presenta un perfil realizado con carbón vegetal y que muestra restos de tonos rojizos en los cuartos traseros. Pero quizá lo más llamativo sea el grabado con el que se marca el lomo una vez pintado. Esta técnica la utilizaban mucho los artistas prehistóricos para bordear con un tono más claro la figura.
«El grabado ayuda a reconocer la finura de un gran dibujante», un artista que Saura califica de meticuloso en exceso. Añade que sabía lo que quería hacer y su trabajo fue respetado por todos los que vinieron detrás. La pintura era para los hombres del Paleolítico una forma de expresión, por eso seguían unos cánones determinados.

 

La Covaciella, se encuentra en la zona conocida como Las Estazadas, junto al comienzo de la carretera de acceso a Puertas. Guarda pinturas parietales paleolíticas del periodo magdaleniense.
 

    Fuente:la nueva españa (Mercedes MARQUÉS)

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