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Soy
yo, el Guirria. Rey por un día. Lo acordamos entre
todos los solteros la última noche del año y otra vez
me tocó ser el Guirria de la parroquia de San Juan, en
Ponga. No fue la primera vez, pero sí la última, en
que el primer día del año vestía el atuendo naranja y
azul, la careta blanca, la larga barba negra, el
capirote, el palo y el bolso cruzado lleno de ceniza
para arrojar a los mozos. Eso, ceniza para ellos y
muchos besos para ellas. 
Fue la de ayer mi última salida para dar vida a este
ancestral diablillo, porque el Guirria y los
aguinalderos sólo pueden ser mozos solteros. Cambio de
estado, señores. Pero nadie me reconocerá. Como mis
antecesores, nadie podrá conocer mi identidad y menos
las mozas, a las que perseguiré en busca de un beso. Me
puse la careta y la magia del Guirria me invadió. Yo,
el que era antes, desaparecí.
Salí de las escuelas de Beleño. Había unos veinte
aguinalderos mozos a caballo esperándome. Mucho público.
Los niños aguinalderos iban en nueve burros. El público
me esperaba impaciente, pero yo sólo podía correr y
besar a las mozas. Este año incluso me lo pidió
alguna. Los niños aún se asustan al ver al Guirria por
su imagen un tanto diabólica, pariente de los
zamarrones de Lena, de los guirrios de Antroxu. Se lo
noté en sus caras. La ceniza la tiré a unos cuanto
mozos, más bien a muchos.
Recorrí todo Beleño. Desde que salí de San Juan hasta
Cainava fui en caballo con Adriano, uno de los
aguinalderos. Al llegar a Cainava entré en todas las
casas abiertas y besé a todas las mozas que pude. Me
ofrecieron en todas de comer y beber, al igual que a los
jinetes que cantaron sus coplas con deseos de felicidad
para todos los vecinos, aunque yo fui por libre y anduve
a mi antojo de una y a otra casa.
Los mozos del pueblo participaron en el aguinaldo,
incluso los que viven lejos como Álvaro Mones, que vino
a pasar las Navidades desde Hong Kong, y Bernardo
Gutiérrez, desde Londres, cumplieron con la tradición.
El día no podía ser más lluvioso y frío, pero la
tradición del Guirria, cuyo origen se pierde en la
historia, manda. Dicen que es, tal vez, la primera
fiesta de Asturias. Los niños cenaron ayer con su
aguinaldo y el día de Reyes será la cena de los mozos.
La esencia de la fiesta sigue siendo la misma y así lo
confirman los más viejos, aunque hubo años con más
aguinalderos y con más corbatas, como se denomina a las
castañas guisadas que se hacen para la fiesta. La gente
fue espléndida con la comida y la mayoría de puertas y
ventanas estuvo abierta esperando mi llegada, como cada
año.
El anecdotario del Guirria, ese que escribimos entre
todos los guirrias que fuimos, dice que hubo alguno que
dejó más huella que otros por la contundencia de sus
actos para lograr un beso. Entradas por ventanas o
balcones a casa de las mozas que huían e incluso
derribo de un tabique para llegar a la habitación donde
se había escondido la poseedora del anhelado ósculo.
Ayer no tuve yo que llegar a tanto, sólo se escapó
alguna y hubo algún grito con risas al verme llegar
corriendo. Huyeron, pero conseguí el beso.
Tras finalizar en Cainava regresé a Beleño, donde
recorrí casa por casa hasta bien entrada la noche. Al
volver a la mía sentí que al desprenderme del traje,
ese mismo que vestirá a otro mozo del pueblo el
próximo año, me desprendía al mismo tiempo de una
magia ancestral, de una energía irresistible que me dio
fuerzas para correr, saltar y besar con el nacimiento
del año. Mi tarea como Guirria ha concluido, pero el
personaje revivirá el próximo año. Y los siguientes.
Hasta el final de los tiempos
María
VILLORIA (publicado en la nueva españa el 01/01/2004)
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